HYPERION 
 
Era una vez como en los cuentos,  
Érase una vez,  
Niña de imperiales ancestros,  
De hermosísima tez.  

Hija única y la aman tanto,  
Es siempre en todo bella,  
Como la Virgen entre los santos  
Y la luna entre estrellas.  

Desde las sombras celestiales  
Sus pasos alla lleva  
A las ventanas, en las cuales  
El lucero la espera.  

Miraba el mar en el ocaso  
Cómo aparece y luce,  
Cómo por movedizos pasos  
Barcos negros conduce.  

Lo ve hoy, lo ve mañana,  
Así el desco brota;  
Y al verla él tantas semanas,  
De ella se enamora.  

Como ella apoya en sus palmas  
Para soñar, sus sienes,  
Llena de amor por él su alma  
Y su corazón tiene.  

Y de qué modo él se ilumina  
En cada atardecer,  
Y hacia el negro castillo mira  
Su amada aparecer.  

 
Y tras sus huellas, paso a paso,  
Se escurre al cuarto él,  
Tejiendo con fríos chispazos  
Una llameante red.  

Y cuando se tiende en el lecho  
A dormir la muchacha,  
Le toca las manos sobre el pecho,  
Y sus párpados baja;  

Desde la claridad del espejo  
Se derrama en su cuerpo,  
Sobre sus ojos grandes, trémulos,  
Sobre su rostro vuelto.  

La niña lo mira sonriente,  
Él tiembla en el espejo,  
Pues quiere y persigue vehemente  
De su alma ser dueño.  

Ella en la noche hablando en sueños,  
Suspira así por él:  
“Oh, de mis noches dulce dueño,  
¿Por qué no vienes? ¡Ven!  

Desciende ya lucero tierno,  
Un rayo te encamine,  
Entra a la casa, al pensamiento  
Y mi vida iluminess”.  

Él escuchaba tembloroso,  
Se encendía aún más  
Y se abalanza presuroso  
Y se hunde en la mar;  

Y el agua donde hubo caído  
En círculos se mece,  
Y de los ignotos abismos  
Un bello joven crece.  

Fácil, como por puera abierta  
Pasa por la ventana,  
Una vara en su mano aprieta  
De juncos coronada.  

Joven príncipe perecía,  
Cabello de suave oro,  
Morada mortaja pendía  
De sus desnudos hombros.  

Y la sombra del rostro traslúcido  
Es como blanca cera,  
Un muerto bello de ojos lúcidos  
Que brillan hacia afuera.  

“Vine de mi esfera y fue grave  
Siguiendo tu llamar,  
El alto cielo es mi padre  
Y mi madre es la mar.  

Hasta tu cuarto yo he venido  
Y para verte a ti,  
Con mi sereno he descendido  
Y de aguas nací.  

Oh, ven, inefable amor mío,  
Tu mundo deja y ven;  
Del cielo soy lucero, y brillo;  
Ven, tú mi novia sé.  

Allá en palacios de coral  
Por siglos viviremos,  
Y todo el mundo de la mar  
A ti obedeceremos.”  

-Eres bello, como aparece  
Ángel que en sueños ves  
Mas por la senda que me ofreces  
Nunca jamás iré;  

Extraño a tu lengua y atuendo,  
Como sin vida estás,  
Si yo estoy viva, tú estás muerto,  
Me hiela tu mirar”.  
 
Pasó un dia, pasaron tres,  
Y en la noche el lucefo  
Regresa sobre ella otra vez  
Con sus rayos serenos.  

A ella parece que en el sueño  
Su recuerdo turbó,  
Y anhelos del marino dueño  
Su corazón colmo:  

“¡Desciende ya lucerno tierno,  
Un rayo te encamine,  
Entra a la casa, al pensamiento  
Y mi vida ilumines!”  

Como en el cielo él la escuchó  
Sufre y desaparece,  
Y el cielo entonces vueltas dio  
Allí donde perece;  

En aire roja llamarada  
Sobre el mundo esparcióse,  
Y en la llanura desolada  
Fiera imagen plasmóse.  

Sobre su negra cabellera  
Corona arder parece,  
Flotaba, imagen verdadera,  
Bañado en sol ardiente.  

Surgen de enlutado velo  
Sus marmóreos brazos,  
Triste y pensativo: vedlo  
Y su rostro es pálido.  

Pero su admirable mirada  
Quimérica fulgura,  
De sus pasiones insaciada  
Llena, y de negrura.  

“Vine de mi esfera y fue grave  
De nuevo, pues llamastre,  
El alto sol es mi padre  
Y la noche es mi madre;  

Oh, ven, inefable amor mío,  
Tu mundo deja y ven;  
Del cielo soy lucero, y brillo,  
Ven, tú mi novia sé.  

Ven, y a tu rubia cabellera  
Corona haré de estrellas,  
Y así en mis cielos aparezcas  
Más hermosa que ellas”.  

“¡Eres bello, como aparece  
Diablo que en sueños ves,  
Mas por la senda que me ofreces  
Nunca jamás iré!  

Me duelen por tu cruel amor  
Las cuerdas de mi pecho,  
En mis párpados hay dolor,  
En tu mirar me quemo”.  

“¿Mas cómo a ti puedo bajar,  
A tu leve estatura,  
Siendo yo criatura inmortal  
Y tú mortal criatura?”  

“No busco elegir mis palabras,  
Ni cómo empezar sé.  
Pero aunque muy claro tú hablaras,  
No te logro entender;  

Si verdaderamente anhelas  
Lograr al fin mi amor,  
Debles bajar hasta la tierra,  
Sé mortal como yo”  

“Reclamas mi inmortalidad,  
Un beso en cambio gano,  
Mas debes saber que en verdad  
Es mucho lo que te amo;  

Si, naceré yo del pecado,  
A otra ley sometido;  
A eternidad estoy ligado  
Y liberarme pido”.  

Se va, se va… Y ya se ha ido.  
Por amor a una niña,  
De su alto lugar ha partido,  
Perdido muchos días.  

 

En ese tiempo Catalín,  
Un muy astuto paje,  
Que el vino debía servir,  
Para los comensales,  

Paje que lleva paso a paso  
La mantilla real,  
Mozo vagabundo y bastardo,  
Mas de mirada audaz,  

Mejillas como peonías,  
El diablo, y tan rojizas,  
Furtivamente el paje espía  
Mirando a Catalina.  

Y qué hermosísima está ahora,  
Oh Dios, y qué altivez,  
Eh, Catalín, llegó la hora,  
Prueba suerte, tal vez…  
  
Y suavemente la abrazó  
Presuroso, en la sombra.  
“Eh, Catalin, ¿que te pasó?  
Vete, vete a tus cosas”.  

“¿Qué es lo que quiero? Que no estés  
Siempre en tanto embeleso,  
Que mejor rías, y me des  
Un beso, un solo beso”.  

“Pero ni sé lo que pretendes,  
Déjame y vete lejos,  
Oh, por el lucero celeste  
Siento mortal anhelo”.  

“Si no lo sabes te diré  
De pe a pa el amor,  
Mas no te enojes y esta vez  
Tranquila, y atención.  

Cual cazador que tiende el lazo  
A las aves del bosque,  
Cuando te extienda izquierdo brazo  
Tú me abrazas entonces;  

Deja a tus ojos quietud  
En la mirada mía…  
Y si te alzo, entonces tú  
Álzate de puntillas;  

Cuando mi rostro hacia ti incline  
Alza tu cara pura,  
E insaciados ojos se miren  
Con eterna dulzura;  

Para que como se merece  
El amor sepas bien,  
Cuando inclinándome te bese,  
Me besas tú también”.  

Del mozo escuchaba estas cosas  
Distraída, asombrada,  
Y vergonzosa y donairosa  
Ella no dice nada.  

Murmura quedo: “de pequeñin  
A ti te conocía,  
Un poca cosa, un parlanchín,  
Mi pareja serías…  

Pero un lucero que ha brotado  
De olvido silencioso,  
Les da horizonte ilimitado  
A mares soledosos;  

Cierro en secreto mis pestañas,  
Llanto las va anegando,  
Si el agua de las olas pasa  
Hacia él van viajando;  

Brilla con indecible amor  
Para ahuyentar mi pena,  
Pero siempre más se elevó  
Para que a él no venga.  

Pasa sus rayos fríos, triste  
Del mundo que la aleja,  
Lo amaré siempre, pero siempre  
Lejos se va y me deja…  

Por esta causa son mis días  
Desierto desolado,  
Mas noche encanto sacro envia  
Indefinable y diáfano”.  

“Sucede que aún eres muy niña,  
Vámonos juntos. Vamos,  
Ni huella quede en nuestra huída,  
Y hasta el nombre perdamos,  

Juntos los dos sabios seremos,  
Felices y contentos,  
Olvidarás amor paterno  
Y sueño de luceros”.  

 

Partió el lucero. Le crecían  
Las alas en el cielo,  
Y miles de años transcurrían  
En sólo unos momentos.  

Abajo estrellas se veían  
Sobre un cielo de estrellas.  
Rajo infinito parecía  
Errante él entre ellas.  

Del valle del caos que había  
Alrededor de él,  
Como si fuera el primer día  
Mira las luces nacer;  

Como manando lo rodeaban  
Como mares, nadando…  
Él vuela, el ansia lo llevaba,  
Todo se fue esfumando,  

Porque adonde va no hay fronteras,  
Ni ojos para ver,  
E inútilmente el tiempo intenta  
Del vacío nacer.  

Y nada hay, y hay sin embargo  
Sed que lo ha absorbido,  
Es un abismo que ha imitado  
Lo ciego del olvido.  

“Del peso de la eternidad  
Líbrame, Padre amado,  
Y por los siglos Tú seras  
Por el mundo loado;  

Pídeme, Padre, cualquier precio,  
Pero dame otra suerte,  
Pues de la vida eres comienzo  
Y dador de la muerte;  

Quítame Tú el nimbo inmortal  
Y del ojo el fulgor,  
Y en cambio sólo me darás  
Una hora de amor…  

Del caos, Dios, apareci,  
Y al caos volver quiero…  
Y del sosiego yo naci,  
Tengo sed de sosiego”.  

“Hyperión, que del abismo  
Con un mundo llegaste,  
No pidas signos ni prodigios  
Sin nombre ni semblante;  

¿Tú quieres devenir un hombre,  
Hacer como ellos hacen?  
Pero perezca el pobre hombre:  
Aún siempre renace.  

Apenas en el viento forjan  
Baldíos ideales.  
Cuando su tumba halla las olas  
Otras olas ya salen;  

Tienen estrellas de la suerte  
Y acosos del destino,  
Nosotros tiempo, espacio, muerte  
Nunca hemos conocido.  

Del seno del eterno ayer  
Vive el hoy que se muere,  
Si arriba un sol deja de arder  
De nuevo un sol se enciende;  

Creyendo por siempre surgir  
De atrás muerte lo pace,  
Pues lo que va a morir  
Y del morirse nace.  

Mas tú, Hyperión, perdurarás  
Donde tu ocaso esté…  
¿Mi primer Verbo pedirás?  
¿Daréte el saber?  

¿Doy voz si quieras a esa boca,  
Y que tras su cantar  
Vayan los bosques y las rocas  
Y las islas del mar?  

¿Quieres tal vez ser por tus hechos  
Equitativo y grande?  
La tierra entera yo te entrego  
Para que un reino mandes.  

Naves y naves puedo dar,  
Huestes con que atravieses  
De arriba abajo tierra y mar;  
Mas morir tú no puedes…  

¿Y por quién quieres tú morir?  
Mira, la errante que es  
La tierra donde quieres ir,  
Lo que te espera ve”.  

 

A su lugar que hay en el cielo  
Hyperión regresó,  
Y como ayer hizo en el vuelo  
Destellos derramó.  

Pues el sol ya habia apagado  
Y la noche venía;  
La luna ya se había alzado  
Y en el agua bullía  

Llenando de encendidos brillos  
El sendero del bosque.  
Bajo las ramas de unos tilos  
Se encontraban dos jóvenes:  

“Deja mi cabeza en tu seno  
Amada, que descanse  
En tu luz mirar sereno,  
De dulzura inefable;  

Con el encanto de luz fría  
Entra a mis pensamientos,  
Tranquilidad eterna envía  
A esta pasión que siento.  

Que estés conmigo, este anhelo,  
Da a mi dolor consuelo,  
Pues eres tú mi amor primero  
Y mi última sueño”.  

Y ve Hyperión desde lo alto  
El asombro en sus caras;  
Antes que él le dé un abrazo  
Es ella quien lo abraza…  

Huelen las argentinas flores  
Y caen, dulce lluvia,  
Sobre los dos tiernos menores  
De cabellera rubia.  

Ebria de amores, como ausente  
Alza los ojos. Mira  
Al lucero. Y suavemente  
Su anhelo le confía:  

“Desciende ya, lucero tierno,  
Un rayo te encamine,  
Entra hasta el bosque, al pensamiento  
Y mi dicha ilumines!”  

Él tiembla como en otros tiempos  
En bosques y colinas,  
Las soledades conduciendo  
De las olas marinas;  

Mas ya no cae como antes  
Desde la altura fiera:  
“Rostro de limo, es importante  
Si soy yo o cualquiera?  

Viviendo en vuestro estrecho círculo  
Os sonríe la suerte,  
Mas yo me siento en el mundo mío  
Aterido y sin muerte”.  

Traducción de Omar Lara  
 
 
 

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Transcribed by Mariuca Dumitru
School No. 10 Focsani, Romania
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